Pa Pensar

Pa Pensar 10

Pensamientos Intrusivos

Una vez aprendí en psiquiatría que nuestros dolores más tempranos nos moldean.
Pasamos la vida huyendo de ellos o terminamos convirtiéndonos en ellos.

Es trágico cómo esas primeras experiencias dictan nuestra manera de actuar.

Mi primer dolor fue la crueldad de mi familia extendida.
Mis tíos. Mis tías. Mis primos.

Éramos débiles económicamente. Estábamos aislados socialmente.
¿Por qué se burlaban de nosotros?
¿Por qué usaban exactamente las palabras que más herían a mis papás?
¿Por qué nosotros?

Éramos buenas personas.
Nunca le hicimos daño a nadie.
Entonces, ¿por qué nosotros?

Porque éramos débiles.
Y cuando la base no es firme, todo se tambalea.

Odio la debilidad.

Envidio a los poderosos, porque el poder te da una elección.
La elección de ser benevolente o cruel.
Y esa elección revela quién eres de verdad.

La primera vez que me sentí poderoso fue cuando descubrí que sabía debatir.
Tenía dieciséis años.

Los niños blancos, de familias estables y cómodas, ni siquiera me miraban a los ojos al principio.
Entonces hice que me miraran.

No buscaba puntos medios.
Quería golpear su seguridad.
Que dudaran de sí mismos.

Mi estilo era agresivo.
Constante.
Atacaba.
Nunca retrocedía.
Nunca dejaba que vieran duda en mí.

Me hice una reputación.
Cuando me paraba a hablar, sentía el cambio en el salón.
Los murmullos.
Sabían que yo era competente.
Me temían.

Nunca fui el más fuerte. Ni el más atlético.
Físicamente me sentía insignificante.
Odiaba esa sensación de estar a merced de alguien más.
De depender de su buena voluntad.

Por eso empecé boxeo.

Quería volverme competente en la violencia.
Saber que podía romper a alguien si era necesario.
Ver la duda en sus ojos antes de que apareciera en los míos.

Cada miércoles llegan hombres nuevos a entrenar.
Casi siempre musculosos. Ruidosos. Llenos de arrogancia.
Miran alrededor como si esperaran admiración.

Luego se suben al ring.

Les pego en el pecho y veo cómo se les va el aire.
Les pego en la cara y veo cómo se les quiebra la seguridad.
Veo cómo la esperanza se les apaga en los ojos.

Y en algún lugar dentro de mí, una versión más joven de mí siente que, por fin, hay justicia.

Estoy obsesionado con el poder.
Porque el poder es la única posición que realmente te da una elección.
Y la elección muestra quién eres en el fondo.

La lealtad vale poco si no hay alternativa.
La fidelidad no significa nada si nunca tuviste que apartar la mirada de los ojos insinuantes de otra mujer.
La misericordia no significa nada si no tienes la fuerza para hacer daño.

Mis papás no tuvieron elección.
Pero yo sí.

Y luego estás tú.

Tú dices: “Yo soy fuerte.”
Te niegas a depender de alguien.
Prefieres luchar sola antes que apoyarte en otros.

Y yo sé que eres fuerte.

Pero quiero cuidarte.
Protegerte.
Abrazarte.

Quiero que tengamos algo donde podamos ser vulnerables el uno con el otro.
Confiar el uno en el otro.
Ser fuertes el uno para el otro.
Cuidarnos mutuamente.

Pa Pensar.
Pa Pensar.
Pa Pensar.