La fuente de la felicidad
Hay personas que caminan por la vida con cuidado.
No porque quieran,
sino porque en algún momento
aprendieron cuánto puede doler un corazón.
Poco a poco se vuelven más silenciosas.
Más reservadas.
Dejan de acercarse a los demás con la misma facilidad.
Dejan de creer que la felicidad
es algo que uno puede poner con tranquilidad en las manos de otra persona.
Entonces aprenden a seguir adelante solas.
Tranquilas por fuera.
Cuidadosas con su corazón.
Entiendo cómo pasa eso.
Te encontré en un momento así.
Un momento difícil de tu vida.
Miré tus ojos llenos de preocupación.
Tomé tus manos temblorosas.
Te abracé mientras llorabas.
Un corazón que ya había cargado demasiado.
Esperar que de repente vuelvas a confiar,
sobre todo en el amor,
sería pedir demasiado.
Si mantienes tu corazón protegido,
cuidándolo con cautela,
lo entiendo.
Yo habría hecho lo mismo.
Pero aun así tengo esperanza.
Que dentro de algunos años,
en una mañana tranquila de domingo,
cuando nuestros dos hijos estén tocando la puerta del cuarto,
te despiertes antes que yo.
El cuarto todavía en silencio.
La luz suave del sol entrando por las cortinas.
Me miras mientras sigo dormido.
Por un momento la casa vuelve a quedarse en calma.
Los niños susurrando detrás de la puerta,
tratando de decidir si deberían despertarnos.
Y mientras estás ahí, mirándome,
en ese pequeño momento de paz,
quizás sientas que tomaste la decisión correcta
cuando me elegiste.
Que la felicidad también puede venir de otras personas.
Que los corazones pueden compartirse.
Que la confianza puede existir entre nosotros.
Que el amor puede sentirse exactamente
como alguna vez lo imaginaste.
Todavía estamos muy lejos de ese domingo soleado.
Pero poco a poco, día tras día,
espero que tu corazón encuentre el valor
para abrirse otra vez
y darle una oportunidad.
Pa Pensar.
Pa Pensar.
Pa Pensar.
